El Exploratorio, un laboratorio ciudadano en Medellín Colombia

15 Noviembre 2018
Laboratorio ciudadano

Una manera de ver las ciudades inteligentes es como un conjunto de dispositivos y prácticas que suceden en tiempo real en las ciudades, y no como un ideal que se debe alcanzar en un futuro lejano (Fernández-González, 2015). Desde esa perspectiva, entran en escena iniciativas que promueven nuevos vínculos entre los ciudadanos con su ciudad, en aras de facilitar y estimular la gestión de la misma. Ejemplos de lo anterior serían los portales de datos abiertos, hackatones, iniciativas ciudadanas mediadas por lo digital, espacios públicos de experimentación social y los emergentes laboratorios ciudadanos.

Estos últimos son un ejemplo de apertura de los sistemas de innovación y de producción de conocimiento. Varios autores los denominan sistemas de Cuádruple Hélice, en la medida que involucran la participación de las universidades y centros de investigación, los gobiernos nacionales, las empresas y, este es el factor diferencial frente los modelos de Triple Hélice, la ciudadanía representada por emprendedores, creativos, comunidades abiertas y población en general, lo que deriva en sistemas más complejos y abiertos (Schiavo y Serra, 2013).

En Latinoamérica en general, y en Medellín en particular, se están configurando estructuras sociales mestizas que promueven relaciones horizontales con el saber, apuestan por otras formas de socialización y bien podían entrar en esa categoría de laboratorio ciudadano, así sea un término no siempre explícito por parte de las mismas iniciativas. Para minimizar esas ambigüedades y reconocer mejor las prácticas que suceden al interior de una ciudad compleja, que aspira a crear otros futuros, vale la pena seguir analizando experiencias en curso y reflexionar sobre este referente a partir de un ejemplo concreto.

La ciencia, desde sus inicios, ha sido una empresa académica inherentemente colaborativa. Basta pensar en el intercambio de cartas entre los primeros científicos adscritos a una universidad o la consolidación de los sistemas de revistas indexadas. Hoy, internet en concreto ha facilitado la comunicación entre personas e impulsado dinámicas de trabajo conjuntas. Una de las respuestas tangibles a este estado de cosas ha sido el Colaboratorio, que es una de las ideas subyacentes al Exploratorio.

Este vocablo fue propuesto en la década de los ochenta del siglo pasado, por el científico computacional William Wulf. El término es un híbrido entre las siguientes palabras: colaboración y laboratorio. En principio se usó para nombrar un centro sin muros, en el que los investigadores pueden llevar a cabo su labor sin preocuparse por la ubicación física y teniendo la posibilidad de interactuar con colegas distantes, acceder a instrumentación, compartir datos, recursos computacionales e información en bibliotecas digitales (Wulf, 1993).

Con esta idea los científicos, particularmente del campo de la biología molecular, la física espacial y la oceanografía física (Finholt, 2005, p. 79), buscaban expandir y fortalecer sus redes de trabajo, para que no estuvieran atadas al contexto espacio temporal en que surgían, apelando a la creciente tecnología digital y las incipientes, pero prometedoras redes digitales.

En la actualidad, el vocablo ‘Colaboratorio’ abarca otros significados no circunscritos al ámbito de la ciencia institucionalizada. Por ejemplo, se puede también entender como un espacio abierto que facilita el encuentro horizontal entre el público en general y partes interesadas en alguna temática puntual, con el fin de encontrar soluciones contextualizadas a problemas locales de índole económico, social o ambiental. En otros términos, es un lugar en el que la gente puede pensar, trabajar y aprender de manera conjunta y con ello inventar futuros posibles que sean comunes para todos (Muff, 2014, pp. 12–13). Esta idea, alejada de los límites de la ciencia institucional, pero con una puerta abierta para los artistas, diseñadores y el público en general, se acerca más a lo propuesto por el espacio que acá se está caracterizando.

Sobre el taller público de experimentación

Esta denominación se familiariza con los crecientes living labs, citilabs, hacklabs, espacios maker o fablabs que pululan en la actualidad en el mundo y que se apoyan en un híbrido de ideas provenientes de la cultura digital, el aprendizaje en línea y la innovación social abierta de parte de los ciudadanos. Estos espacios tienen en común al menos cuatro aspectos. Primero, facilitan la experimentación a través del contacto con personas de diversa procedencia y múltiples tipos de herramientas. Segundo, invitan a que los usuarios asuman un rol activo en los proyectos que se lleven a cabo independiente de la duración, viabilidad o éxito de los mismos. Tercero, difuminan las categorías antagónicas de profesor y estudiante, ya que promueve un permanente aprendizaje entre pares, así como un diálogo activo entre los participantes. Cuarto, desmitifican términos como innovación, creatividad, investigación, entre otros usualmente asociados al ámbito científico profesional, ya que confían en los aportes de la ciudadanía alrededor de las iniciativas que se lleven a cabo.

Retomando el subtítulo, quizás el antecedente más directo de laboratorio/taller ciudadano sea el término inglés de Living Lab, que se podría traducir inicialmente como laboratorio viviente. Este concepto representa una metodología de investigación basada en el sujeto que busca detectar, prototipar, validar y refinar soluciones complejas en el marco de múltiples y variados contextos de la vida real (Eriksson, Niitamo y Kulkki, 2005). Otra forma de definir este término, sería decir que son un ecosistema de innovación ciudadana centrado en el usuario, con un enfoque que facilita la participación del mismo y otros actores de ciudad en los procesos de innovación, con el fin de generar valores sostenibles (Bergvall-Kåreborn, Ihlström Eriksson, Ståhlbröst y Svensson, 2009).

Estos laboratorios se han percibido al menos de once (11) maneras diferentes: desde un sistema regional, pasando por un ecosistema o metodología, hasta una herramienta para la gestión de la información (Leminen, 2015). En nuestro caso, para evitar esa multiplicidad terminológica, se entenderá este término a partir de un deliberado híbrido entre las definiciones de Ballon, Pierson y Delaere (2005) y Westerlund y Leminen (2011). Así, un Living Lab, o laboratorio ciudadano (Lafuente, 2016), sería un espacio físico o digital de experimentación, en el que la tecnología se adapta a contextos reales y los usuarios son considerados, antes que meros consumidores, co-productores de contenido. Deriva de una alianza entre lo público, lo privado y la ciudadanía, y se espera que allí, de manera conjunta, se lleven a cabo procesos de creación, prototipado, validación y ensayos de nuevas tecnologías, servicios productos y sistemas, pero en contextos de la vida real, no en laboratorios artificiales alejados de las personas. En síntesis, son laboratorios usados por las comunidades con el fin de innovar.

El Exploratorio, entonces, busca sintonizarse con las siguientes siete características propias de este tipo de espacios:

  • Las actividades de innovación suceden en contextos reales y están atadas al territorio.

  • Serán comunes las alianzas entre el sector público, el privado y la ciudadanía.

  • Lo importante son los usuarios.

  • Se espera un espacio para la creación, el prototipado y el ensayo, no en aras de generar un producto acabado, sino de aprender a partir de esos ejercicios de maduración paulatina.

  • Por la variedad de público, se espera también multiplicidad de objetivos. Además, los intereses de lo público, lo privado y la ciudadanía no siempre tienen que converger.

  • Se espera que no haya roles prefijados.

  • Se pondrán en práctica principios asociados a la innovación abierta y social.

Fragmento tomado de Revista Trilogía, ciencia, tecnología, sociedad.